Código QR: eficiencia operativa o negligencia estructural
Por Rafael M. Pérez
Introducción: cuando el código QR se vuelve cómodo para el negocio y expone al usuario
Los códigos QR se han convertido en un estándar informal en bares, restaurantes y locales de ocio. Cartas digitales, pagos, reservas, encuestas o promociones dependen hoy de un simple escaneo desde el móvil.
La narrativa es conocida: comodidad, rapidez, ahorro de costes.
Pero como ocurre con otras digitalizaciones apresuradas, el problema no es el QR como tecnología.
El problema es cómo se integra en procesos sin arquitectura de seguridad ni responsabilidad clara.
Cuando un cliente escanea un código pegado en una mesa, una pared o una carta, lo hace bajo una suposición implícita: esto es legítimo y seguro. Y esa suposición, en muchos casos es falsa por diseño.
El QR no es el riesgo. El riesgo es el contexto
Un código QR no es más que un enlace codificado. No informa, no verifica, no autentica , solo redirige.
El problema aparece cuando se usa en entornos donde:
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el usuario no puede verificar el origen.
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el contexto induce confianza automática.
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y el escaneo desencadena acciones o accesos sensibles.
Un QR pegado sobre otro QR puede:
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redirigir a una web fraudulenta.
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solicitar permisos excesivos.
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capturar credenciales.
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iniciar descargas.
-
o activar campañas de phishing (quishing).
Todo ello sin que el usuario vea una URL clara antes de interactuar.
Digitalizar sin responsabilidad: el patrón se repite
En muchos locales, el QR ha pasado de ser una opción a sustituir completamente a:
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cartas físicas.
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información visible.
-
e incluso a la interacción básica con el personal.
La decisión suele responder a una lógica sencilla: menos costes, menos papel, más rapidez.
Pero rara vez se acompaña de una reflexión equivalente sobre riesgo, responsabilidad y accesibilidad.
En la práctica, esta digitalización suele carecer de:
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control explícito del dominio al que apunta el QR.
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verificación periódica del contenido enlazado.
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responsabilidad clara ante incidentes de seguridad.
-
información comprensible para el usuario sobre qué va a abrir y qué riesgos asume.
A esto se suma un factor habitualmente ignorado: la brecha digital.
No todos los clientes tienen el mismo nivel de alfabetización tecnológica, ni la misma capacidad para detectar webs fraudulentas, permisos abusivos o comportamientos anómalos del navegador. La relación entre el negocio y el cliente es, por definición, asimétrica en conocimiento.
Cuando un local obliga a escanear un QR para acceder a información básica, está trasladando implícitamente al cliente una carga que no le corresponde:
evaluar si algo es legítimo, seguro y confiable en un entorno donde se presupone confianza.
Por eso, un negocio responsable nunca debería eliminar completamente la carta física.
No por nostalgia, sino como respaldo de accesibilidad, inclusión y resiliencia.
La carta física no es un residuo del pasado: es una capa de seguridad, una alternativa legítima y una garantía de que el servicio no depende de que el cliente tenga un smartphone, datos móviles o conocimientos técnicos suficientes.
El patrón se repite una y otra vez:
la comodidad del negocio se sostiene sobre el riesgo del cliente.
Y cuando una digitalización solo funciona para usuarios expertos, no es eficiente ni innovadora, es frágil por diseño.
Seguridad cognitiva y brecha digital
Aquí entra un factor clave: la seguridad cognitiva. No todos los usuarios:
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saben distinguir una web legítima de una fraudulenta.
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revisan certificados.
-
o entienden permisos del navegador.
Para muchas personas -especialmente mayores o no técnicas- escanear un QR en un bar es un acto de confianza automática.
Y cuando un sistema se basa en que el usuario sepa lo suficiente, el sistema ya ha fallado.
La brecha digital no es solo acceso a tecnología.
Es asimetría de comprensión y capacidad de decisión.
El error estructural: convertir al cliente en el firewall
"Que no escaneen si no están seguros."
"Que revisen la URL."
"Que no acepten permisos."
Este tipo de recomendaciones trasladan el problema al usuario, pero no lo resuelven.
En ciberseguridad madura, el principio es claro:
Un sistema debe ser seguro incluso cuando el usuario no sabe o se equivoca.
Diseñar experiencias donde el cliente actúa como último cortafuegos no es concienciación.
Es externalización del riesgo.
Qué deberían hacer los negocios (sin complicarse)
No se trata de eliminar los QR, sino de usarlos con criterio:
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Dominios propios y visibles, no acortadores opacos.
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URLs simples y reconocibles antes de cualquier interacción.
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Carteles informativos que expliquen qué se va a abrir.
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Revisión periódica física de los códigos.
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Alternativas no digitales disponibles sin fricción.
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Asunción de responsabilidad, no ambigüedad.
La seguridad no está reñida con la experiencia de usuario. La improvisación, sí.
El QR como síntoma, no como excepción
El problema del QR en bares no es anecdótico.
Es el mismo que vemos en:
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correos sospechosos institucionales.
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llamadas telefónicas sin verificación.
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procesos digitales sin respaldo físico.
La tecnología avanza mucho más rápido que la arquitectura que debería sostenerla.
Conclusión: comodidad sin diseño es riesgo
El QR no es inseguro por naturaleza.
Lo inseguro es implantarlo sin pensar en quién asume el riesgo cuando algo falla.
Cuando un cliente escanea un código en un bar, confía, y esa confianza no debería ser explotable.
Porque en ciberseguridad, cuando la comodidad de uno se basa en la exposición del otro, no estamos ante innovación.
En la práctica el QR es más una negligencia estructural que una solución realmente eficiente. Un QR no es transformación digital, es un espejo: revela si el negocio diseña para el cliente o contra él.
Rafael M. Pérez
Analista de Ciberseguridad | codebyRalph
rafaelmperez.com
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